domingo, 28 de enero de 2007

LA PARADA

Nora apenas acababa de fijar en mí sus grandes ojos verdes y yo ya estaba temblando. La observaba desde la distancia del tren, era pequeña pero a la vez inspiraba algo grande, algo tan preciado como la inocencia, una inocencia que muy pocos conservaban con su edad y que ella mantenía intacta. Llevaba el bolso entre los pies y se apartaba de vez en cuando el pelo de la cara, entonces lo llevaba rubio cobrizo, porque el negro azabache había desaparecido fruto de una apuesta entre amigas. Sí, Nora seguía siendo una niña.

La reconocí de lejos porque me daba la sensación de que ya había tenido el placer de cruzarme con sus ojos antes, a pesar de la distancia. Ella no tenía nada que hiciera desaparecer a las demás mujeres del tren, excepto esos ojos y ese espíritu que tan solo yo podía ver, pero de algún modo la vida nos había cruzado por algo, y decidí, entonces, hacer la cosa más estúpida que se me ocurrió en el momento, y por la cual no sé como no echó a correr.

Miré las llaves que llevaba entre las manos, Nora parecía acalorada a pesar de llevar unos simples pantalones vaqueros y una remera blanca que contrastaba con su piel bronceada; Nora venía de muy lejos. Di un paso hacia delante, y, decidido, tiré las llaves al aire haciendo que cayeran justo al lado de su bolso, entre sus pies.

- Lo siento – dije recuperando toda la dignidad que había perdido en el segundo y medio de tiempo que había durado mi acción.

Nora me miró con los ojos con los que siempre miraba a los hombres que se paraban para charlar con ella en la parada del tren, con esa mirada entre divertida y huidiza, y observó como me agachaba rápidamente para coger las llaves y me volvía a sentar en mi sitio, mirando hacia la lejanía que se me mostraba a través de la ventana, y rezando por poder borrar aquel bochornoso episodio de mi memoria.

“¿Cómo es que viene en tren?” Escuché una voz extranjera pero cercana y dulce, como si la hubiera estado escuchando toda la vida, toda mi infancia. Me giré hacia Nora y arrastré los ojos hacia el suelo para que no adivinara, mientras le hablaba, el arrepentimiento en mis ojos. Ella señalaba las llaves del coche que llevaba en el llavero.

- Vengo desde muy lejos. – Me atreví a mirarla a los ojos. – He salido para hacer un viaje. – Ella sonrió. - ¿Usted también viene de hacer un viaje?

- Lo estoy haciendo, para quedarme… - Dijo Nora, y señaló el bolso y una maleta pequeña que había a su lado.

Desde ese instante estuvimos juntos para quedarnos, como si nos hubiéramos estado esperando desde hacía tiempo, como una cita concertada con años de antelación, como si en un instante el porqué de nuestra vida se cruzara y nos diera la respuesta a su eterno problema.

Y Cuando pienso en cuando nos conocimos, mi mente busca de inmediato el recuerdo de Nora con toda una vida metida en una minúscula maleta, una vida que intentaba inútilmente transportar a otro país, pero después busca mucho más allá, como si antes de aquel tren mi espíritu se hubiera encontrado con el suyo en otra parada lejana y fantasma, y con sus grandes ojos verdes.